Reportaje La Fiesta Popular

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Daniel Diez

Es en las comunidades campesinas del país en donde la fiesta se celebra con mayor intensidad. Destacan también algunos grupos indígenas que buscan conservar intactas sus tradiciones. En los estados como Guerrero, Oaxaca, Veracruz, Puebla, así como el Distrito Federal, Morelos, Hidalgo y Chiapas, las festividades alcanzan un alto índice de participación, conviertiéndose en un evento lleno de color y creatividad. La inmensa cantidad de flores que son cocechadas para esta época (la siempre viva, nardos, gladiolos y las famosas cempasúchil) comienzan a deambular por mercados y carreteras de todas las regiones del país. Se manufactura también cerámica ornamental como candeleros, inciensarios, calaveras, etc. Todos para adornar los altares. Los panaderos elaboran el tradicional pan de muerto, que servirá de ofrenda para que las almas se “alimenten” la noche del 1o. de Noviembre. Las tumbas se adornan con la tradicional flor de cempasúchil, con juguetes de madera o tule, si el difunto es un niño, calaveritas de azúcar. Extravagantes cruces, velas de todos los tamaños y colores y por supuesto, los platos más reconocios que serán ofrendados a los difuntos: el mole en sus distintas presentaciones, el arroz con leche, los dulces de camote, los atoles de sabores y tamales, que contribuyen a preservar una de las más legendarias tradiciones mexicanas.

Calavera y esqueleto de papel pintado,
decorado con un sombrero de plumas.
Modelo derivado de los clásicos grabados
de José Guadalupe Posada.
“Baile o danza de los Viejitos”,
típico del estado de Michoacán
y que se representa en todas las fiestas
importantes, como en la de muertos que
se realiza en Janitzio.
Tradición purépecha del siglo XVI.

Es en Janitzio, Michoacán donde el turismo se siente más atraído por el ambiente mágico y exótico de la celebración; mientras los vinos se congregan frente a los despojos mortales de sus seres queridos, puede escucharse el lúgubre tañer sonoro de las campanas, invitando a las almas a presentarse. A las doce de la noche del primero de Noviembre, mujeres y niños se dirigen solemnemente hacia los lugares en los que reposan sus muertos, colocan bellas servilletas sobre sus tumbas y depositan los manjares que estos prefirieron en vida. Al rededor se colocan flores y velas que permanecen encendidas toda la noche, acompañando así los rezos y cantos… a lo lejos, una campana suena implorando el descanso de las almas ausentes. Mixquic, en el Distrito Federal, es un lugar digno de ser visitado, al igual que sus alrededores, donde se encuentran conventos, capillas, templos y parroquias que datan del siglo XVI. Las tradicionales calaveritas de amaranto, simbolizan una vez más, la tradición mexicana de “comerse a la muerte”. Las familias de San Andrés Mixquic se dan a la tarea de confeccionar los altares para muertos y de preparar las ofrendas con las que han de invitarlos a visitar su antiguo hogar.

En Huatzio y Jarácuaro (estado de Michoacán) las ceremonias de velación de los muertos, si bien se desarrollan de manera similar, tienen un colorido y sabor que las convierten en las más primitivas y auténticas. Se dan cita numeroso conjuntos de danzantes, cantantes, flautistas que difunden el folklore más puro de la región. El día dos, luego de rezar los alabados en el atrio de la Iglesia, se reparten entre los asistentes las ofrendas depositadas para partir a bendecir los sepulcros. Así es como se festeja en México el día de muertos: de manera desbordante. En la mayoría de los hogares, panteones, iglesias y múltiples rincones de todo el país, la MUERTE es objeto de bromas, especulaciones, ritos, artesanías y juegos de lo más diversos y extraños. Una tradición arraigada desde hace mas de 600 años que se repite “religiosamente” desde fines de Octubre hasta el día tres de Noviembre.

Sin la presencia de turistas, ni cantos,
los cucuchenses solo aguardan el paso de
las horas junto a las tumbas del panteón,
adornadas con flores de cempasúchil.
No faltan el atole y el pan de la época.
Published or Updated on: January 1, 2006 by Daniel Diez © 2008
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