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La gente que vi pasar

Luis Dumois

El farol de una calle cualquiera,
de una ciudad cualquiera, ve tanta gente pasar...
Alberto Cortez

Vivo ahora tumbado en el patio de este lote de fierro viejo. No es una vida tan mala. El cielo abierto, el sol, el viento, la lluvia, y las lindas noches estrelladas de octubre me acompañan. Casi todas las mañanas, menos cuando de veras hace mucho frío, una multitud de pequeños pájaros, residentes de los árboles aledaños, saltan y juegan, en medio de gorjeos, a mi alrededor. Sirvo además de madriguera a una familia de lagartijas, y sé que en el hormiguero que florece cerquita de aquí habita más de una Reina.

¡Ah, pero no siempre fue así! Hubo otra época, en la que viví instalado en una céntrica, transitada y muy hermosa esquina de la ciudad de Guadalajara, la perla del occidente de México. A lo alto de un poste pintadito de amarillo brillante, mis tres ojos, además de brindarme una panorámica amplia de mi vecindario, servían a transeúntes y automovilistas como guía para saber cuándo cruzar la calle y cuándo detenerse. Evité de esa manera muchos accidentes, aunque por supuesto, en los cerca de tres años que hice ese trabajo, no faltaron borrachos, locos, o simples estúpidos que no respetaron mis indicaciones. Algunos de ellos terminaron de mala manera, en el hospital o en el cementerio.

Calandrias Mucha gente, a pie, en autos, bicicletas, motocicletas y calandrias, vi circular por mi esquina. Cada día más gente y más vehículos. Y todos, siempre con más y más prisa. ¿Cuándo dejará de crecer esta ciudad, Señor? ¿Por qué siempre esa prisa por llegar... adónde? ¡Y dicen que la ciudad de México es mucho más grande y más agitada que ésta! Aquello debe de ser un verdadero manicomio.

Sí, vi mucha gente pasar.

Mujeres indias, todas con esa lejana dignidad, tan peculiar en ellas, con la que sobrellevan su pobreza. Siempre me gustó escuchar su suave lenguaje, lleno de sonidos musicales y cadenciosos. Esposas y madres, jovencitas, con sus pequeños hijos a la espalda, los grandes, negros ojos, asomando por entre los pliegues del rebozo. Hijas de familias desplazadas de sus pueblos por la pobreza y el hambre.

No es que yo esté muy bien informado en esto de la situación de los indios mexicanos, pero algo alcanzaba a leer por las mañanas en los periódicos que un niño voceador, con su canto sonsonetudo y aburrido, vendía en aquella esquina todos los días. (No sé por qué la gente gusta tanto de leer el periódico. En tres años no pude atisbar casi ninguna buena noticia. Será que la gente decente, y las cosas normales, no son noticia.)

Vendedores de mil baratijas. Limpiadores de cristales de automóviles, jugándose la vida por entre los carros en movimiento, asaltando a los desprevenidos conductores con sus esponjas enjabonadas y sucios trapos, en busca de algunos pesos para llenar la barriga. "Comefuegos", los ojos perdidos en la lontananza de las drogas baratas, el tonsol, el toque de tíner o el alcohol de alta graduación mezclado en botellas de refresco. Sólo así aguantan los buches de dísel que escupen a lo alto, envueltos en la nube de fuego que llama la atención de paseantes y choferes. Modernos dragones a la caza de algún dinerito, más que de caballeros andantes o doncellas medievales. Dinero para comer y para pagarse el vicio.

Turistas extranjeros, hablando en lenguas extranjeras, sobre todo el inglés. Una parte de mis entrañas electrónicas fue fabricada en los Estados Unidos -Made in USA-, así que entiendo más o menos el idioma. Muchas veces los sorprendí hablando mal de México y de los mexicanos. Que si somos flojos, que si somos sucios, que si somos pobres, que si somos violentos, que si somos corruptos, que qué sé yo qué más. ¿Para qué vienen a visitarnos entonces, si les disgustamos tanto? Aunque tengo que reconocer que muchos de ellos, verdaderos ciudadanos del mundo, disfrutaban de todo lo que Guadalajara tiene para dar y regalar. Estos últimos siempre fueron muy bien recibidos entre nosotros.

Cerca de mi esquina operaba una escuela de idiomas. Un día, una señora muy bien vestida discutía con un niño de nueve o diez años, que no quería de ninguna manera ir a tomar sus clases. "¿Para qué estudio inglés, mamá, si los gringos ni siquiera nos quieren?" La madre, con más años y experiencia, le contestaba, "Hijo, no digas eso. La mayoría de nuestros vecinos son muy buenas personas. No puedes condenar a los buenos junto con los malos".

Vistosas calandrias, siempre llenas de turistas que todavía consideran romántico el viejo sistema de transporte. ¡Pobres caballos, que tienen que tirar todo el día de esos pesados carros, y que no reciben a cambio más que palabras duras y latigazos en el lomo! Si alguna vez me daban ganas de quejarme del calor, o de los embotellamientos de tránsito, o de los choques de algún despistado contra mi poste, recordaba a estos pobres y sufridos animales, y me olvidaba de mi cruz. Si hay algo peor que ser semáforo en esta ciudad, eso es ser caballo de calandria.

Al caer la noche se iban casi todos, y llegaban las putas. Muy jóvenes muchas de ellas, se vestían con muy poquita ropa y mostraban mucho de lo que Dios les había dado, para llamar la atención de los posibles clientes. Los prejuicios de una sociedad puritana siempre han marginado a estas amigas mías. Vi, en esos tres años, peores pecados que la venta de la carne para subsistir. Ellas siempre me trataron bien, tengo que decirlo. Sólo quedaban por allí, además de las "trabajadoras del sexo", los niños y las niñas de la calle, ésos y ésas que por el día se pintan la cara, bailan, brincan y hacen mil maromas para sacar algunas monedas que les permitan sobrevivir. Sobrevivir no sólo al hambre, sino también a los golpes de los adultos que los controlan, y que se ceban en ellos y los explotan como a esclavos.

Gracias a Dios, la semana también tiene domingos. Y en mi esquina, pegada a una de esas bellas placitas del centro de Guadalajara, todos los domingos eran de fiesta: muchachas y niñas arregladitas y perfumadas; galantes jóvenes, muy bien vestidos, recién bañados y caballerosos, y la voz de las campanas de la iglesia cercana, llamando a misa. Heladeros, vendedores de dulces y mercaderes de ocasión pregonando sus géneros a voz en cuello. Mimos silenciosos en blanca y eterna mueca; niños corriendo por todos lados, con sus madres gritando detrás de ellos. Casi como en los tiempos de antes.

Hasta que llegó el día en que me descompuse. Una tarde, ya tarde, una vieja mendiga se encontraba "trabajando" los coches que pasaban, como siempre, por debajo de mis luces. El flamante Mercedes, piloteado por un jovencito acompañado de una linda muchacha que parecía ser su novia, se paró a unos cuantos metros de mi esquina, y el chofer entonces bajó el cristal eléctrico, sacó una mano por la ventana, y agitó un billete de cien pesos en dirección a la pordiosera. Ella, al ver esto, se apresuró a acercarse al auto. El carro avanzó unos metros hacia adelante. La mujer volvió a trotar trabajosamente hacia el billete, pero el auto volvió a moverse fuera de su alcance. Las carcajadas de los ocupantes del lujoso coche servían de marco a la desesperación de la anciana. Y otra vez se repitió el juego, hasta que el automóvil aceleró y parejita, mano y billete se perdieron en la distancia.

Una rabia ciega se posesionó de mis sistemas de control. Algo se rompió dentro de mí, y desde entonces, a pesar del trabajo de técnicos y expertos, ya nunca más pude volver a encender mis luces verde y amarilla. Sólo mi ojo rojo, furioso, quedó brillando, mudo testigo de la macabra broma de los júniors aquellos.

Más tarde llegó una cuadrilla de trabajadores del Ayuntamiento. Me desatornillaron del piso de mi esquina, me subieron entre todos a un camión, y me arrojaron después en el patio de este lote de fierro viejo.

No es una vida tan mala, no.

Luis A. Dumois N.
Abril, 1998

Published or Updated on: April 1, 1998 by Luis Dumois © 1998
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