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Blikers

Jun 22, 2004, 4:51 PM

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Shortcut

Hombres viriles, soberanos

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Hombres viriles, soberanos; dicen su nombre con voz ronca y clara: “Faustino López Herrera, William Adonai Correa...”

Hombres viriles, soberanos; pierden la compostura conforme transcurre el tiempo. Sería una ilusión creer que esos ojos tristes y desesperanzados pueden mantenerse impasibles. Sus voces se vuelven entrecortadas, sus miradas fijas; las gargantas parecen buscar una salida mientras contrarrevolucionando, éstos buscan contenerse. Finalmente, esas manos desgastadas y callosas por el trabajo cubren sus rostros y con esa fiera indomable interna que los consume, sueltan el llanto. “Ya no puedo más, no puedo más”, declaman los fuertes desesperados.

Cuestan caros los sueños, demasiado caros para muchos. Arriesgar todo por el profundo anhelo de dar a sus herederos una vida distinta a la que ellos tuvieron, por poder hablar de “la vida que tuve” y no “la vida que sufrí”. Alimentar el alma de idealismos, creer que la vida tiene tanto más que ofrecer. Darlo todo por sobrevivir, porque esas condiciones infrahumanas parecen llevar a una muerte pronta hasta a los más fuertes. Ser migrante, atreverse a dar un salto de fe. A ciegas. A sabiendas que el migrar es un riesgo: riesgo de morir en el intento, de quedar ciego, de ser violado o amputado, de ahogarse, de morir de deshidratación; de ser deportado y volver al inicio. Añorar ese país donde la justicia y los sueños son inalcanzables. Madre patria: amada, hermosa, altiva; enferma, apenada, incapaz de amamantar y proteger a sus hijos; de darles cariño y entornos dignos de futuro.

Por toda esta serie de condiciones, cae sobre las víctimas una enorme cantidad de presión. Presión, presión, presión. De alguna manera tiene que estallar esa bomba irreprimible. Con llantos, gritos, enojos y hasta agresividad, los migrantes manifiestan todo lo que traen a flor de piel. Uno, impotente, simplemente se dispone a escuchar a estos niños desahuciados que se esconden en cuerpos de adultos, y da gracias por toparse con gente que llora y grita y se enoja. Porque también llegan viejos en cuerpos de niños, personas mayores de 10 años de edad que ya fueron víctimas de violencia, de abusos laborales, de soledad; que ven la vida con tal desesperanza que al conversar con ellos uno se encuentra con seres impávidos, que no hacen ruido, que sufren callados su realidad.

Mi papá es un exiliado cubano. Desde niña me costó entender la situación familiar; el haber sido criada en México sin saber nada de lo que había vivido mi familia paterna en más de una ocasión me causó problemas. Acudía a una escuela jesuíta en donde se fomentaba el compromiso social basado en movimientos como la Teología de la Liberación. Por parte de mi mamá, la familia tiende bastante a la política y al compromiso social. Se me fomentaban posiciones y valores que en más de una ocasión vi como contradictorios. Por un lado, era educada bajo principios de revolución, igualdad y justicia, mientras por otro, cada vez que se hablaba de ideales socialistas, la abuela decía, “¡Tú no sabes lo que es eso, chica!”. Se caía a veces en discusiones políticas que poco faltaba para que terminaran en pleitos cuando se mencionaba el comunismo.

El hecho de vivir turbada por una realidad que me era tan ajena y al mismo tiempo tan inherente me llevó en repetidas ocasiones a investigar sobre Cuba y a buscar cubanos como desesperada cuando estudiaba la prepa, para escuchar sus puntos de vista. Desde los entrenadores deportivos que contrata México hasta los representantes del régimen en la Feria del Libro; desde los discursos del Ché hasta ensayos de Montaner. Recuerdo haber seguido durante más de una hora a Raúl Castro cuando visitó mi ciudad, haciendo un esfuerzo por analizarlo, por entender su humanidad, por encontrar la verdad de ese país al que me pedían que no fuera, aun cuando lo presumían como el más bello, alegre y educado. Les tomé un cariño muy, muy especial a los cubanos, a todos, estuvieran a favor o en contra del régimen. Aprendí a admirarlos, por su deseo de hacer las cosas bien, tanto a los que se esforzaban por mantenerse firmes en sus ideales comunistas, como a los que buscaban nuevas estrategias para darle más vida a la isla. Y mantengo en pie ese cariño y admiración.

Una se topa con gente de todas las nacionalidades en la frontera sur de los Estados Unidos. En lo que va del año se han detenido hasta sudamericanos, que recorren toda América de manera ilegal para alcanzar el sueño americano. Se descubre a los brasileños porque no hablan español, pero igual llega gente de Bolivia, Paraguay y Colombia, Ecuador y Perú, por poner ejemplos. Sudamericanos que poco a poco se van acercando a su destino; cuando son interceptados en Centroamérica, dicen ser de Panamá para no ser devueltos hasta sus países; cuando los detienen en México dicen que son de Centroamérica, y cuando la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos los captura, cantan el himno nacional mexicano. Poco a poco, en un éxodo que lleva entre siete meses y un año recorren América de Sur a Norte. Por increíble que parezca, también llegan nigerianos, orientales, uno que otro europeo y algunos cubanos desviados o deportados de Estados Unidos.

-¡Hey, llegó uno de tus paisas!, me gritan mis compañeros cuando llega un cubano. Tan anormal es tenerlos de ilegales en la frontera mexicana, como fuera de lo normal son los cubanos que pasan por aquí. Uno de ellos, con carrera profesional, había sido expulsado de los Estados Unidos tras pasar años en prisión por tráfico de drogas. Expulsado, como era de esperarse, al patio trasero de los norteamericanos, México. A otro no le habían creído que era de Ciego de Ávila y lo deportaron hasta Centroamérica. Uno más tuvo problemas de orientación en su balsa y se desvió unos cuantos kilómetros de los cayos para anclar en costas mexicanas. Hubo otro, un último con el que me encariñé mucho, que me recordó a papá y la prepa y los verdaderos fines de la vida. Esta es la historia de un niño cubano de 40 años, que me concedió el honor de compartir en breves espacios sus vivencias. Convertido al cristianismo, ha terminado clamando por Dios, más que rezándole a Dios.

Buzo, electromecánico, carpintero, pasa su vida estudiando y aprendiendo oficios por no tener nada más qué hacer. Militar también, boina roja durante cuatro años, cumplió con su servicio obligatorio a la patria. Pescador, campesino, bailarín, amante: Arnoldo es muchas cosas, muchas; entre tantas, Arnoldo es un soñador. Con la mirada puesta sobre las aguas al atardecer, imagina que el mundo tiene tanto, tantísimo más que su isla y todo eso... se le escapa de las manos.

No aguanta más. Hastiado, deja su finca en las afueras de La Habana, deja a su familia y todo lo que valora y decide emprender un viaje sin retorno. Un día, ayudado por la marea, se lanza al abismo del mar Caribe. Esas maderas húmedas que forman su balsa toman oleajes de libertad por unos días y Arnoldo se alimenta de sueños en ese ayuno físico; sacia su sed con ilusiones y fantasías. Naufraga y es trasladado a Guantánamo. Año y medio permanece en cautiverio, alimentándose de arroz y legumbres y más sueños. “¿Cómo serán los árboles allá? ¿Cómo será el frío? ¿Cómo será la libertad?”. De su carpa al mar, con la mirada puesta sobre las aguas al atardecer, imagina que el mundo tiene tanto, tantísimo más que su isla... y él sigue sin palpar la libertad. Espera pacientemente, enfoca sus fuerzas en la salida, en la aventura, en la posibilidad de alcanzar una mejor vida. Arnoldo aprende inglés.
Un día finalmente toca tierras centroamericanas. Y libre, libre -¡por fin libre!-, este hombre, aún joven, decide emprender su aventura y conocer el mundo. Al contrario de la mayor parte de sus compatriotas, no corre a Estados Unidos a buscar una amnistía que le permita trabajar en Miami, pasear por la Calle 8 en sus días de descanso y salir a pescar a los cayos; no busca comprar en supermercados gigantes, que tienen en un estante más carne de la que ha visto en toda su vida. Arnoldo se dedica a hacer lo que quiere, a conocer el mundo como una persona común y corriente y libre.

Hace ya cerca de 10 años que Arnoldo recorre, vagabundo, esta isla llamada América, que aunque supera por miles de kilómetros la superficie de su isla caribeña, no ofrece a sus habitantes mucha más libertad de la que falta a aquellas arenas blancas que la mayor parte de los cubanos recuerda con nostalgia. Para Arnoldo descubrir esto no fue una experiencia grata. Vivió en Centroamérica bajo los mismos parámetros de escasez que vivía en Cuba. Vió una tierra de libertad con índices de desnutrición crónica y pobreza extrema que aumentaron más de un 10% en los últimos años y un sistema judicial tan ineficiente que la gente ejerce por sí misma su justicia. Y viajó más, y vino a parar a México. Mi país tampoco pudo ofrecerle lo que deseaba. (No tuvo que darme explicaciones. Qué libertad podemos ofrecerle, si hace tan sólo dos meses mataron aquí en Nuevo Laredo al periodista Roberto Mora, editor del periódico más importante de la ciudad. Culparon del crimen a su vecino homosexual en un juicio que mucho deja qué desear; justificaron el crimen con un pretexto pasional. Organizaciones de Derechos Humanos se presentaron buscando esclarecer el caso y entrevistar al supuesto homicida. Precisamente ayer, en el Penal II de la ciudad, este hombre pagaba la pena de cárcel que le había sido impuesta cuando apareció muerto. Las autoridades lo atribuyeron a una riña entre reos.) Ni hablar de los Estados Unidos: hay tantas acusaciones de violación de Derechos Humanos en su contra como emiten éstos hacia al régimen de Cuba. (Si se necesitaran más, puedo documentar decenas de casos de migrantes mexicanos y centroamericanos. Algunos testimonios serán in memoriam, porque los agredidos están muertos.)

Soñador desesperado, decepcionado, acabado, Arnoldo fue aprehendido por autoridades mexicanas en estado de ebriedad hace unos meses y enviado a verificación de su estatus migratorio. Por su conducta, sancionable con expulsión según la ley mexicana, debía de ser deportado. Qué más habría querido Arnoldo que volver a su tierra natal, pero Cuba lo rechazó. Se le detuvo cerca de un mes en el centro de aseguramiento del Distrito Federal y finalmente fue dejado en libertad. Sacó un documento de su pantalón y me lo tendió. Era una orden de salida de México: se le daba un máximo de 15 días para abandonar tierras mexicanas. A dónde querían que se fuera este hombre, que parecía no pertenecer a ningún lado, sólo Dios sabe. Pero en México no lo querían.

Hoy vaga triste por esta frontera viviendo los últimos días que le permitieron estar en México. Podría cruzar a Estados Unidos caminando por el puente en cualquier momento y pedir asilo, pero no le interesa; jamás fue ese su sueño. Consiguió trabajo en una tortillería aquí y pidió su pago al fin de la semana. Como suele suceder con los extranjeros que trabajan indocumentados, el empleador le tendió un dólar y le dijo, “¡Coño, cubano! Es lo único que tengo”. Arnoldo no dijo nada, rechazó el dólar para no sentirse más humillado todavía y llegó a nuestra casa pidiendo limosna. Vaya nivel de dignidad que suelen tener los cubanos; basta con ver las expresiones en el rostro de Arnoldo al llegar a la casa: son de humillación, de una persona a quien le apena vivir de caridad porque sabe trabajar. Una persona a la que le cuesta doblegarse ante un empleador que no terminó la primaria y que abusa laboralmente de él, que es un hombre mucho más educado y sabio. Pero hace un esfuerzo por no pensar así. “Soy cristiano, creo que a los ojos de Dios todos somos iguales, sin importar el nivel educativo. Y no debo sentirme más que nadie”.

“Ya estoy cansado, me agobia esto”, dice Arnoldo con voz cortada. “Libertad, escúchame bien, libertad es...”. Suspira y llora. “Es lo más hermoso que puede existir, es un sentimiento único. Pero no está en ninguna parte, está aquí. ¡Aquí!”. Se pega con el puño en el pecho. Guarda silencio unos instantes. “Tengo un hijo; debe tener un par de años menos que tú. Tenía seis cuando yo me fui. No sé nada de él. No lo puedo ver, ni comunicarme con él. Lo perdí. En la isla la mayor parte soñamos con salir -en silencio, porque está todo controlado-; te aseguro que el 90% de la gente está ya cansada. Si tan solo pudiera yo volver y decirles...” -dice entre sollozos- “Si tan solo pudiera hablarles de lo que he visto... si solo pudiera decirles... que aquí afuera pasa lo mismo”.

Al margen de posiciones políticas, este hombre lucha hoy solamente contra dos cosas: los fantasmas de su corazón, y un alcoholismo que lo destruye día con día.

Me despido de Arnoldo. “¡Acuérdate de mí cuando visites Cuba!”

(Me quedo pensando. Tal vez vivir dentro o fuera de Cuba en patrias igualmente hundidas en la miseria y destrozadas en su dignidad y libertad, no represente grandes diferencias. La tragedia de los balseros cubanos es una herida tan dolorosa como la de los 130,000 centroamericanos deportados anualmente y los miles de africanos que día con día luchan en Europa por adaptarse a una cultura que les es ajena. Cuba es diferente al resto del mundo en cuestiones de libertad de pensamiento y a la vez no. Y es que el resto de nosotros, países subdesarrollados, tenemos esa libertad, pero con un nivel educativo tan precario, que la gente no tiene noción de lo que es pensar libremente. El hambre y la miseria y la falta de educación son carceleros tan terribles como los sistemas de represión policial del gobierno cubano.)

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