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Blikers

Apr 24, 2004, 4:55 PM

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Shortcut

Reporte desde la Frontera Norte (III)

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Sólo le pido a Dios
que la guerra no me sea indiferente:
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.

León Gieco


El periodismo es un trabajo sublime, con una enorme capacidad de informar y crear conciencia. Siempre y cuando no se limite a reportar fríamente, sin investigación de fondo y sin sentimiento; de manera implícita, mientras los lectores estemos dispuestos a hacerlo sublime; es decir, mientras estemos dispuestos a criticarlo con asiduidad y afán de búsqueda. Sobre todo, con compromiso social.

Últimamente he notado cierto furor por las noticias en cuestiones de migración. Reportajes de Televisa y T.V. Azteca sobre los centroamericanos que cruzan nuestro país, reportajes de los maras o pandilleros y su modus operandi, reportajes de la corrupción que el Instituto Nacional de Migración (INM) pretende erradicar de su interior. Los medios de comunicación parecen haber encontrado un tema para entretener al mundo... al menos por un rato. Han presentado cosas de muchísima calidad, y otras de muy dudoso valor. Las segundas desgraciadamente fueron más abundantes, y, sin ser erudita en el tema ni mucho menos, noté que algunas cuestiones iban plagadas de datos falsos. Trabajos mecánicos y faltos de profundización que pretenden mostrar lo que sucede a una población con poco acceso a tales realidades. Pareciera que hasta gustan de embrollar aún más un asunto que ya es de por sí complejo. Como ejemplo pongo un reportaje que una televisora transmitió, a nivel nacional y en horas pico, sobre la odisea de los centroamericanos que pretenden llegar a Estados Unidos. En dicha crónica llamaron salvatruchas a los migrantes provenientes de El Salvador. En realidad La Salvatrucha es una pandilla centroamericana que sienta sus bases en la migración, hacia Los Angeles, de los antes guerrilleros salvadoreños. Surgen de una fusión entre la violencia del conflicto armado, junto con la defensa que se vieron obligados a enderezar contra la discriminación de la que fueron víctimas al emigrar a E.U.A. Formaron su gang en los ochentas y la extendieron por Centroamérica y parte de México. Tienen en la actualidad no se sabe cuántos miles de miembros. Decirle Salvatrucha a un salvadoreño es llamarlo asesino, asaltante, violador, drogadicto y adepto a ritos satánicos, entre otras cosas.



Da tristeza pues que en muchas ocasiones, cuando se habla de periodismo, se tenga que hablar de distorsiones burdas de la realidad, de medios vendidos a partidos políticos y de páginas completas y a todo color dedicadas a Britney Spears, mientras que hechos brutales ocupan rincones apenas visibles. La mayoría de los reportajes de situaciones duras que azotan la vida diaria sólo informan a medias y casi siempre de manera inexacta.

Hay poco escrito sobre migración y lo poco que hay es desgraciadamente incompleto. Algo alterada por lo que he visto y leído en este nuevo furor periodístico, apenas hoy sentí que era necesario explotar eso poco que hay, al menos para generar un poco de conciencia y darle una voz más a esta situación que parece tan descuidada por los más. La verdad es que me está costando hacerlo. No me considero la persona más apta para hablar sobre el tema ni mucho menos. Hace meses hablaba con un amigo sobre la meritocracia que nos rige como sociedad, entendido este término como el poder que confiere el tener algún reconocimiento por algo: premios Pulitzer o doctorados o por lo menos diplomas ganados con la cuarta pestaña del ojo izquierdo, para que tu palabra sea válida. Regida supongo por esa misma visión, me cuesta mucho darle valor a mi palabra sobre el asunto. Seguramente hay personas muchísimo más aptas que yo para escribir sobre migración; lo que no sé es dónde se encuentran esas personas. Me desalienta y me empuja a no narrar lo que veo el pensar que soy sólo una niña que acaba de terminar la prepa, sin méritos de ninguna especie; pero de la misma manera me reimpulsan dos factores: el primero, pensar que muchos doctores se preocupan tanto por sus méritos y porque su palabra sea ley, que hasta podrían inventar “realidades” con el único fin de darle realce a sus rollos; la segunda y más importante, que faltan voces que hablen por aquéllos que son incapaces de hacerse valer y escuchar en un mundo que parece ir en su contra, o que por lo menos no los toma en cuenta para nada.

Les comparto entonces estos textos mientras aparecen los expertos en el tema. Deben de analizarse con un ojo totalmente subjetivo: fueron escritos desde mi escasa experiencia, a partir de lo que he visto e investigado en estos meses y de lo que encuentro en mi diario de campo.

__________


¿POR QUÉ EMIGRAR?

Noviembre 3

Hoy en la mañana volvió Sergio, un
guanaco de unos 38 años que estuvo aquí hace como una semana. Llegó cansadísimo, la quijada de fuera por su flacura, los brazos y las piernas llenos de espinas. Deportado. Se aventó con guía, pero en una corretiza de la migra se perdió junto con otro en el desierto. Estuvieron tres días caminando hasta un pueblo, desde donde llamaron por teléfono para que los recogieran. Pasaron cuatro días esperando. Nunca fueron por ellos.

Ya no corrieron cuando los encontró Migración. Sergio se ríe de cómo los agentes buscaban estrategias para cercarlos, como si aún pudieran moverse, como si las fuerzas les alcanzaran para correr. Dijo que era mexicano para no ser deportado hasta Aguas Calientes, frontera de Honduras. Cuando los entrevistaron, los de Migración comían donas enfrente de ellos; les decían que si aceptaban que eran de Centroamérica les darían de comer, pero que a los mexicanos no les daban nada.
-Pues tengo hambre, pero no puedo negar mi nacionalidad, soy mexicano- dijo Sergio. Siguieron comiendo enfrente de ellos, los subieron en la camioneta y vinieron a soltarlos en el puente internacional, sin comer, sin agua.

Confesó Sergio que lo más que había pasado sin comer antes de eso habían sido tres días, cuando estuvo en el ejército, víctima de la guerrilla que azotaba a El Salvador. Lo reclutaron a los quince, en 1987. Sirvió durante cuatro años, dos de reclutamiento forzoso y dos por castigo: se negó a matar niños en una comunidad.
-De cualquier modo murieron- exclama, y su mirada se pierde en el suelo.
-Siempre hay alguien que se ofrece para hacer ese trabajo, así que uno se aleja y no tiene que hacerlo. Yo, aunque nadie me crea, no maté a nadie. No a sangre fría. Ya en combate no le puedo asegurar, uno dispara y dispara, día, noche y día, pero no se fija si le pega o no a alguien. Las balas vuelan, ¡fum!, ¡fum!, le pasan a uno a centímetros de la cara. Sólo escuchas y te escondes. Uno no sabe cómo no le dan, cómo se sigue vivo. Sabe, cuando yo entré, entramos 500; cuando todo terminó sólo quedamos ochenta... y no crea que todos completos. Así, que hayamos quedado como yo, con las dos piernas, enteros, sólo como cuarenta. Yo por eso doy gracias.

Con unas pinzas se extirpaba espinas de las piernas mientras platicábamos. Algunas medían más de dos centímetros de largo. Vió que miraba sus piernas y comenzó a platicarme de una cicatriz, si es que la puedo describir así, porque era más bien un hoyo que tenía en la parte interior de la pierna izquierda.
-Me estalló una bomba en combate; yo creí que iba a perder la pierna. Mira, así me quedaba yo con la carne en mis manos, así- explica con señas.
-Todas estas cicatrices que tengo en el cuerpo son por lo mismo. Sabe, cuando las bombas explotan salen volando los pedazos de metal y le pegan a uno por todos lados. Uno nunca sabe dónde le van a pegar.

Se mantuvo en silencio unos momentos.

-Yo me escondía cuando fueron a reclutarnos a mi aldea. Llegaba de trabajar en el campo y trataba de evadirlos, pero igual te atrapan. “Luchan por la libertad de los pobres”, nos decían. “Si los guerrilleros llegan al poder los van a hacer sus esclavos”. ¿Cuál libertad de los pobres, pregunto yo? Si nosotros éramos pobres y nos obligaban a luchar. Yo creo que peleábamos por los intereses de los que tenían dinero, de los poderosos.

Sereno, volvió a callar durante unos instantes.

-Ahora, yo le voy a decir algo, era mejor cuando estaba la guerrilla. Hoy por más que uno trabaja no alcanza para nada, las tierras no rinden tampoco, con los
mareros sales a las calles y les tienes que dar algo, si no les gusta te matan, y si les gusta pero no les gustas, también te matan. Yo prefería antes, porque uno peleaba cuando tocaba, pero cuando no, al menos había paz. Hoy no hay paz: matan a cualquiera con solo salir de casa a la esquina. Yo por eso me vine, ya no puedo vivir así.

Enero 4

No me fue fácil tratar a Eduardo en un inicio. Por un lado sentía que tenía buen corazón y podía confiar en él, pero por otro ésas sus miradas de pandillero con ganas de hacer algo me hacían desconfiar muchísimo de él. No supe manejar la situación; comenzaba a platicar con él y luego, con frialdad y hasta con aires de poder, le marcaba límites y cortaba las conversaciones. Me sentía incómoda. Me tensaba hablar con él.

Hoy ambos pudimos abrirnos. Estábamos en el dormitorio comunal; platicaba con cuatro migrantes que esperaban una llamada telefónica. Uno de ellos me regaló un disco de
The Doors y nos dispusimos a escucharlo. A Eduardo se le iluminó la cara.
-¿Te gustan ?, le pregunté.
-De lo mejor que hay.

Comenzamos a hablar de música. Se emocionó; me contagió su emoción. No nos paraba la boca: Beatles, Bob Marley, Janis Joplin, Rolling Stones, Laura Brannigan, Queen, Pink Floyd, Iron Maiden, Metallica. Hicimos un recuento musical desde los inicios del
Rock hasta el Metal. Sabía muchísimo de música. Como yo, casi gritaba cuando recordábamos alguna canción que nos gustaba. Dice que comenzó a coleccionar desde los trece; cada que podía compraba un disco. Perdió toda su música con el huracán Mitch. De hecho, no sólo perdió toda su música: perdió todo. Había que escucharlo hablar de cómo quedaron las cosas tras el huracán.

Para cuando nos dimos cuenta, no quedaba nadie más despierto en el dormitorio. Guardó silencio y me miró. Su rostro reflejaba tristeza.
-¿Por qué le caigo tan mal?, me preguntó, su voz entrecortada.
-¿Qué te hace pensar que me caes mal?
No contestó nada. Volteó al suelo y volvió a hablar de música.
-Escuchaba música con dos amigos. Siempre andábamos juntos los tres. Nos vestíamos con puras camisetas negras así como ésta y traíamos el pelo largo. Pero ya no.
-¿Y eso?
-Ya los mataron a los dos.
-¿A los dos?
-A uno no sé si lo mataron, o si él quería que lo mataran. Andaba con una pistola; le gustaba drogarse, dejaba su casa abierta, con la pistola a la vista de todos. Vi su cuerpo cuando lo encontraron. Estaba en cachos, deforme. A veces pienso que él les dijo cómo quería morir. Le gustaba poner telarañas con la marihuana cuando fumaba; decía que eso era
dark. Entonces sólo quedamos dos, pero ya no nos juntábamos. Un día llegué a mi casa y mi mamá me dijo que también él había muerto. Se enojó en la calle con una persona y le pegaron un tiro. Murió desangrado.
-¿Y a ti nunca han tratado de matarte?
-Puchica, si un día llegué a mi casa después de una semana y mi mamá ya me había velado. Varias veces han intentado matarme.

Eduardo nació en La Ceiba, Honduras; es el mediano de tres hijos. Su papá es alcohólico y drogadicto; su mamá mantiene a la familia gracias a un pequeño negocio de comida. Desde niño se mudó a un pueblo cercano a San Pedro Sula, pueblo donde las pandillas mandan. Él se enroló con la
Mara 18. Desde los catorce se la ha vivido en la calle. No era miembro oficial de la pandilla; sólo se llevaba con ellos y los acompañaba en asaltos y vagancias. Tiene problemas con las drogas desde hace más de nueve años. Se vino al norte porque quería cambiar; asegura que lleva años sin sentirse feliz. Intentó dejarlas hace un año. También se vino rumbo a Estados Unidos buscando salir del ambiente que no le permitía salir adelante. Cuando llegó a la frontera tomó la droga que traía en su pantalón, la tiró al inodoro y prometió que en su vida la volvería a tocar. Cruzó. Cuatro meses después bajaba de un avión en su país: la policía lo agarró drogándose a pocas semanas de haber llegado a su destino. Pasó tres meses en prisión. Volvió a casa apenado. Desde lejos vio a su novia, se escondió y la siguió. Deseaba estar con ella, pero “una mujer así merece algo mejor”.

Cero y van dos con este intento. Salió hace un mes de su casa. Aguantó el frío y los peligros del camino. Descansó un par de días en Saltillo, fue a una clínica para drogadictos, pero salió al día siguiente. Dice que ya no está chamaco, que no necesita estar encerrado para dejar las drogas. Además, necesita ponerse a trabajar y llegar al norte. Su sueño, enviarle dinero a su mamá, que ella se sienta orgullosa de su hijo, que trabaje menos y pueda mantenerse sin tantas preocupaciones.


__________

Y así hay muchas historias
como la del
taxista que va por dinero para poner su negocio
como la del
hombre que tiene a su hijo parapléjico y a su esposa con diabetes
como la del
chavo que tiene a todos sus amigos por allá y ya se aburrió de estar aquí
como la del
cuate que no quiere que lo estén cuenteando y viene para ver qué se siente
como la de los
niños que vienen en busca de sus papás
como las de
persecuciones políticas
y por
conflictos de tierra
como las de los
maras que sobreviven bajo el régimen de Mano Dura.

Blikers

(This post was edited by Blikers on Apr 24, 2004, 6:39 PM)

 
 
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