
quevedo
Apr 6, 2004, 4:00 PM
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Domingo de Ramos en Sayula, Jalisco
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Domingo de Ramos en Sayula, Jalisco “No queremos verlos; pero si los vemos los matamos”, nos mandaron decir. Juan Rulfo, El llano en llamas. Este año quisimos disfrutar otra vez, como cuando éramos chicos, de una fiesta que ya se encontraba empolvada en el cajón de nuestros recuerdos; con su alegría, con la pureza de la fe que se vive todavía en nuestros pueblos mexicanos y con todo ese bagaje de color, música y campanas al vuelo que tanto estimula el alma. Escogimos Sayula por varias razones: Festeja el Domingo de Ramos como Dios manda, ¡faltaba más! Esta es tierra cristera, tuvo a sus mártires y ama y respeta a su religión católica; cuna de Rulfo y corazón del llano en llamas. Además, se encuentra a corta distancia de Guadalajara, lo cual permite apreciar a gusto todo lo que hay que ver y oír, para regresar el mismo día a casa. Salimos de Guadalajara muy temprano por la mañana para evitar el río de vacacionistas que ya empieza a salir a borbotones de la gran ciudad, rumbo a mil destinos de sol, farra y disipación. ¡Bonita Semana Santa! Autopista de cuota a Colima y salida hacia la derecha, hacia los cerros, después del entronque de Tapalpa y Atoyac. Después de donde se termina la en esta época seca laguna salitrosa de Sayula. Como tiempo nos sobraba, antes de llegar a Sayula nos detuvimos a visitar las hermosas ruinas y casco de la antigua hacienda de Usmajac. Comentamos sobre la explanada y capilla improvisada a la orilla del camino: quizá, cuando el llano se incendió, la hacienda cayó y fue entonces destruída y abandonada. Tema de investigación para los curiosos de la microhistoria. Arribamos a Sayula a tiempo para un café y un paseo breve por la plaza. Preguntando llegamos al famoso taller de cuchillos del viejo Ojeda. Este artesano, famoso por la calidad de sus manufacturas que compiten en belleza, durabilidad y filo con las mejores del mundo, ha ganado muchos premios a nivel nacional e internacional. Nos atendió una de sus nietas, pero después él se acercó a platicar con nosotros y a mostrarnos algunas de sus extraordinarias piezas. Destreza y esmero no bastan para lograr productos de esa calidad: había que ver el cariño con que el amigo Ojeda hablaba de su trabajo y la forma en que acariciaba los relucientes aceros y bellísimos mangos de madera y de cuerno labrados. No resistimos la tentación y nos llevamos un excelente cuchillo de chef para completar nuestro herramental de cocina.
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